MDI Venezuela | (Opinión) Los migrantes venezolanos merecen un monumento al gran valor de sus corazones. Por Ignacio Laya
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(Opinión) Los migrantes venezolanos merecen un monumento al gran valor de sus corazones. Por Ignacio Laya

El presidente Nicolás Maduro dice tener pruebas de que el presidente colombiano Iván Duque estaría inoculando coronavirus a los compatriotas que regresan por la extensa frontera al país y el politólogo Daniel Santolo aseguró a Vladimir Villegas, en su último programa en Globovisión, que mandatarios de países del Grupo de Lima hicieron llamados a los venezolanos para que salieran de su país pero que ahora los abandonan y maltratan en medio de la pandemia que ahora alcanza niveles altos en América Latina.

Podemos entender la necesidad que tiene Nicolás Maduro, y Daniel Santolo quien lo secunda, al tratar de hacer ver que es más bondadoso que los mandatarios que no reconocen le autoridad alguna y cree que el mejor argumento que encontró fue echarle la culpa al “enemigo exterior” que no siempre da buenos resultados.

Lo de Daniel Santolo que tampoco dice la verdad y sólo me preocupa el que trate de disminuir la valentía y el coraje de los más de 5 millones de compatriotas que huyeron del país, especialmente entre desde 2015 y 2016 cuando el régimen le cerró la puertas a la democracia, al desconocer el triunfo opositor, la legalidad y las funciones de la Asamblea Nacional.

Los hombres y mujeres que huyeron aterrorizados del fuego abrazador que cada día consume a nuestro país, tenían que apurar el paso para no ser alcanzados por las balas asesinas de los insultos de los próceres chavistas, como Irís Varela, que los despedían con los más asquerosos improperios cuando buscaban alivio en esas naciones que los veían llegar con la mano derecha solicitando empleos para subsistir y con la izquierda sosteniendo los intensos latidos del corazón para agradecer a las naciones hermanas que le brindaron albergues a sus penurias, tristezas y ganas de vivir honradamente.

Ahora los que regresan no pueden entender la hipocresía de recibirlos, con más bombas que platillos, cuando saben que ninguno está suplicando compasión y lástima luego de estremecer la fibra humana de la perpleja comunidad internacional que los tuvo al frente y se impactó con la mayor migración acaecida en el mundo y no lo podían creer.

Para entender el fenómeno de las migraciones no debemos ir al convulsionado Medio Oriente; sólo basta recordar aquella triste experiencia de Hugo Chávez que en diciembre de 1999, ordenó a los damnificados de la Tragedia de Vargas ocupar edificios y casas construidas por su antecesor Rafael Caldera que ya estaban asignadas a familias en situación de vulnerabilidad en esos estados.

Esa improvisación generó una situación de rechazo, enfrentamientos, violencia y muerte. Los damnificados desbordaron la capacidad logística de las regiones receptoras y algunos gobernadores crearon Escuadrones de La Muerte para enfrentar los niveles de criminalidad desatada por esas decisiones tomadas después de aquellas lluvias torrenciales de tan triste recordación.

Se les puede llamar crueles, miserables, desconsiderados a aquellas familias que reclamaban como propias aquellas viviendas en Anzoátegui, Bolívar, Lara, Guárico, Portuguesa, Cojedes y Miranda?. Hubo justicia por las decenas de asesinatos producidos por esos escuadrones?.

Aquella migración interna sumaba cerca de 7 mil personas y está que nos ocupa sobre pasa los 5 millones de venezolanos que fueron a buscar trabajo en esos países y lo encontraron.

El principal y noble objetivo alcanzado era poder enviar a sus familiares remesas millonarias en divisas como no había ocurrido en toda la historia del país. Hoy los vemos regresar llorando, frustrados por no haber cumplido la promesa que hicieron de volver cuando la nación se recuperara de los quebrantos de la política que es la peor enfermedad que padecemos todos los venezolanos.

Una inmensa mayoría permanecerán en esas naciones pero decenas de miles el virus les alteró el día a día y tienen que volver por tierra, aire y mar.

Aquellos que caminan largas distancias con sus hijos a cuesta y los pies ensangrentados tienen más que ganado el que se les erija un monumento por la extraordinaria lealtad a la familia, por cruzar las fronteras de países hermanos con determinación y coraje y por llamar la atención del mundo para que comprueben que es verdad las increíbles miserias de uno de los países más ricos del mundo devorado por el socialismo salvaje, envuelto en las llamas de la corrupción y la ineficacia y la mayoría de sus habitantes atrapados en una pobreza desgarradora.

Después de meses y años regresan con los ojos convertidos en manantiales de lágrimas que caen al Mar Caribe pero orgullosos de haber sido en todo ese tiempo el sostén de padres, hijos, familiares y amigos.

Tienen que entrar por la puerta grande de la historia porque le inyectaron al producto interno Bruto más de 5 mil millones de dólares anuales, y por primera vez sentimos la presencia de dólares como la moneda circulante en el país y nos quedamos con las ganas de salir también a buscarlos y huir de esas autoridades que no supieron administrar una de las economías más prósperas del planeta.

El gobierno de Nicolás utiliza la mas deprimente diplomacia para descalificar a las naciones que no lo reconocen y ellos le responden con una colecta internacional de 2.500 millones de euros destinados a millones de migrantes y refugiados venezolanos a pesar de que Europa toda sufre de la pandemia que colapsa sus hospitales y se cuentas por millares las vidas se va llevando diariamente ese virus que preocupa a toda la humanidad.

Esa evento humanitario surgió de la presencia del presidente encargado Juan Guiadó en la Conferencia Económica de Davos el pasado mes de enero y que les llega en un momento de mucho apremio en esos albergues y refugio donde resisten con mucha determinación y entereza. No son esas cifras millonarias en divisas más importantes que las oraciones del Papá Francisco y del mundo por el regreso de la convivencia y la paz a Venezuela.

El tiempo corre aceleradamente entre nosotros y es muy poca la reserva económica y moral que nos queda. La muerte se orienta por el hedor que va dejando el excremento del petróleo y el otro mal administrado y se coloca muy cerca de nosotros con gran oportunidad de alcanzarnos.

Mientras el mundo elevan sus plegarias al cielo por nosotros no le deberíamos brindar al diablo la alegría que le produce la pobreza que lo alimenta.

Pongamos los venezolanos el paso que falta para que podamos sonreír luego de tantas tristezas.

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